Desplegó dos mil brazos, dos mil piernas, dos mil ojos; mil pechos, mil cuellos, mil bocas, mil cabezas, mil rostros; gritó un silencio hermoso que retumbó como mil truenos incendiando los temores de una criatura asustadiza refugiada en las paredes de su corazón. Mas la seguridad es una falsa ilusión y no fue todo estruendo y horror. Aquel grito fue también poema, la canción del coro de los arcanos que lo rescató, el remanso tejido en los haces y frecuencias en donde su alma se engendró. Más allá del gozo, más allá del dolor, más allá de las palabras o de aquella visión más allá de las coordenadas que dibujan el mundo, más allá de toda división, en donde no hay posible descripción, donde no existes tú ni existo yo, en el uno eterno e indivisible: más allá nos encontramos los dos.