Guayasamín, Madre y niño. Sé que eres valiente y doy fe de lo fuerte que eres: caerás muchas veces y te levantarás sin ayuda casi siempre. Sé que no me necesitas y que no puedo protegerte de todas las vicisitudes del mundo inclemente. Poco puedo prometerte, poco puedo hacer frente a la crueldad consciente, frente al horror indiferente. No escaparás de lo que duele: de la pérdida, el abandono, el desprecio, el olvido, la enfermedad o la muerte. Pero déjame quererte, admirarte, complacerte y arroparte. Eres irrepetible, déjame retratarte para recordarte antes de que la vida se me arrebate. Déjame ayudarte e iluminar tus pasos por el sendero por el que partirás más temprano que tarde. Déjame entretenerte, déjame darte la atención y el cuidado que mereces aunque yo no sea suficiente. Cada consciencia es un milagro en el que confluye todo accidente y la ternura es el milagro...