sábado, 26 de septiembre de 2009

Hafid en Samarra

"Ya sé que vienes a matarme. No voy a oponer resistencia, no voy a huir. No estoy aterrado, es sólo que me sorprende que hayas llegado ahora, pues te estuve esperando esta mañana en Baghdad. Siéntate, pídete un trago, nadie nos encontrará en este lugar. Yo sé que también eres comerciante y que esto es un negocio para ti. Te entiendo. Los comerciantes somos los representantes más exactos de la humanidad, hacemos explícitamente lo que todos hacen la mayoría de las veces de manera encubierta. Somos conscientes de que todo al fin y al cabo es cuestión de supervivencia, pero no vendemos productos o servicios, vendemos creencias, vendemos ilusiones. Muchas de las cosas que vendí, mis clientes realmente no las necesitaban. Cuando detectaba que ellos creían que las necesitaban, elevaba el precio por encima de la cantidad de dinero que calculaba tenían en sus bolsillos. Mucha de la confianza que aparenté realmente no estaba, la fingí porque los clientes se lo entregan todo sólo a quien no parece necesitarlo. Al principio, tenía ideales, mi juventud me permitía aspirar a un mundo en el cual algún día fueramos consecuentes y obraramos como si, de hecho, el dinero fuese sólo un medio. Pero el monstruo contra el que yo luchaba es hábil y sigilosamente me reclutó. Ahora soy parte de él. Tienes que extirparme. Prefiero morir a seguir siendo parte de esto. Me da vergüenza de lo que soy ante la persona que era. Yo no vendí la primera cosa que puse en oferta, se la regalé a una mujer pobre para que abrigara a su hijo. No esperaba nada a cambio, pero alguien me premió dándome los secretos del éxito. No te imaginas el mal que me hizo, pues en ese instante preciso, descubrí que siempre podía obtener alguna rentabilidad, hasta de los actos más altruistas. Ahora dono recursos a fundaciones de caridad, sólo porque así no tengo que pagar tantos impuestos. Te intentaré contar aquellos secretos, si es que recuerdo bien su versión original. Nunca podré estar seguro de mi interpretación porque tan pronto los obtuve, vendí sus derechos a un buen precio y me desinteresé por ellos.
El amor que le tenía a Lisha era mi verdadero motor,
pero a Lisha también la terminé vendiendo..."
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