jueves, 10 de noviembre de 2005

Augurio

Hoy tuve una premonición acerca de ti
y, gracias a los grandes y brillantes ojos de tu ser futuro,
supe con la mayor certeza que me es permitida
la razón por la cual lo divino llorará lágrimas de amor por ti.
Te imagine salvaguardándome de este terrible hedor
de la angustia del apego que se tiene que aferrar a algo.
Flotabas en el aire, odiabas los fundamentos
y yo era el médium de la Providencia:
mi cuerpo era su voz, tu tacto la escuchaba.
Apesta a dogmatismo y a mismidad,
a olvido, a importancia y a propiedad;
a afrenta y a pasividad.
Quisiera poder amar, entender y escuchar a mi melancolía
tanto como lo haré con tu cruel santidad.
Heme aquí añorando lo que no sé si fue o será,
o ni fue ni será, o si fue y será,
eliminándome en aquel ambiente cálido y líquido
propiciado por la muy roja aunque tenue llama
de la entrega afligida de nuestras voluntades.
Heme aquí enrevesado, confundido y, en el fondo,
débil, impotente e inexpresivo.
Mas a través de mis armas
amputadas, consumidas, cohibidas y apocadas,
me anticipo en la visión de la grandeza
con la que me adornarán
el sudor, la astucia y la espontaneidad de tu espíritu,
y en el olor de un precioso aislamiento,
cuando logres aniquilar mi individualidad.
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