viernes, 6 de agosto de 2004

Un forastero y bárbaro ejercito conformado por altas mentiras y robustos desprecios se desliza por mi sangre arrasando la movilidad de mis labios, los extraordinarios dones de mis ojos y la pureza del fluido semitransparente llamado tristeza que sirve de receptáculo a todo lo ocurre dentro de mis venas y arterias. Se desliza saqueando mis más apreciadas reservas para el invierno cruel que se avecina. Pero no hay nadie que cuide las puertas, no hay nadie a quien puedan raptar, nadie a quien puedan violar, nadie a quien puedan matar: todos murieron de combustión espontánea cuando nuestros colores te supieron amargo, murieron preguntando a tu providencia: "¿Por qué escogiste las tierras más áridas para propiciar tu cosecha?", "¿Qué pretendes cultivar allí, sino odio y miseria?", "¿Por qué intentas robar y destruir lo que podría ser por regalo tuyo, si quisieras?".
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