sábado, 15 de mayo de 2004

No es sutil la diferencia entre lo que se quiere
y lo que se quiere querer.
El amor no es compasión,
en el sentido de padecer tus hirientemente punzantes afecciones en mí.
Por el amor no se vive la miseria ajena como propia,
no se siente el dolor del otro en uno mismo.

Nadie merecería ser amado, si eso fuera así;
no buscaría en tus ojos el bien,
no buscaríamos lo divino, lo inmortal y lo bello.
Nada podría ser engendrado, si eso fuera así,
pues lo que tiene impulso creador
no puede acercarse a lo horrible para engendrar.

El amor verdadero se dirige hacia la belleza,
hacia la riqueza y la nobleza,
busca suelo fértil,
un lugar próspero
donde depositar las semillas.

El amor es esencialmente egoísmo:
Si quiero ver pura tu tristeza,
libre del impulso autodestructivo,
del miedo a la soledad y al silencio,
de la tentación de mostrar la miseria
para hallar consuelo externo,
del afán de mendigar cariño
y el acostumbrarse a la limosna,
de la asquerosa resignación,
del inmerecido desprecio compensativo,
de los falsos dioses que fundiste,
de las quiméricas barreras que interpones entre tu existencia y el mundo,
de todo eso que te invita a llenar el vacío con cualquier cosa,
y de toda esa maleza,
[Si quiero ver pura tu tristeza,]
es sólo porque allí, entre esas espinosas asperezas,
mis virtudes no podrían florecer.
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