domingo, 23 de mayo de 2004

(impureza)

Imitando a cerdos, revolcándose en el fango,
cual seres impuros hallé a tus corceles blancos.
Todo un campo abierto, y su dulce hierba,
los truncaron ellos por oscura niebla.
Las liebrecillas espinas se hallaban moldeando
para cubrir sus pellejos débiles y blandos;
más para esa amenaza no hay ningún camuflaje
y nada herirá al agua que con la lluvia cae.
Más allá de dilemas de puercoespines falsos
vi esos hambrientos lobos que se seguían los pasos:
uno tras del otro, otro tras del uno,
en un árido ciclo sin final alguno.

Era pues este sitio tan putrefacto que las plagas habían ya desertado: las ratas, las moscas y sus larvillas prefirieron volverse, todas ellas, herbívoras. Vi también águilas criadas entre gallinas asistiendo a una mujer que paría víboras. De verdad este sitio era tan putrefacto, y lo peor de todo eran los lisiados, que durante la noche larga con largas uñas maltrataban sus heridas sin dulzura, para al otro día poder ofrecerlas, y así alimentarse de la conmiseración ajena.

Ya esta visión de total impureza, donde el impuro hedor de impuras tristezas se encerraba entre las falsas murallas de una falsa fortaleza, me hizo entender. . .
que no quiero alimentarme de tu miseria.
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